Hay dos tipos de armas.
Unas disparan balas.
Otras disparan palabras.
Las primeras pueden matar el cuerpo. Las segundas pueden deformar la realidad, dividir a una sociedad y convertir al adversario en enemigo.
Nicaragua y México son dos realidades profundamente distintas. Sería absurdo equipararlas. Pero hay algo que sí podemos comparar:
el lenguaje.
En Nicaragua, el jefe del Ejército habla de “traidores” y “vendepatrias” mientras reivindica la lealtad de las Fuerzas Armadas al régimen Ortega-Murillo.
Y entonces aparece la primera pregunta incómoda:
¿Leales a quién?
Porque la patria no es Ortega.
Tampoco es Murillo.
Y el Ejército no debería ser leal a una pareja presidencial, sino a Nicaragua.
Pero hay algo todavía más incómodo.
La cúpula puede hablar de patria y lealtad desde las alturas del poder. El soldado de tropa —el que, llegado el momento, es quien realmente tiene que apretar el gatillo contra un pueblo inconforme— puede estar preguntándose, mientras come de un vaso de unicel una sopa instantánea, por qué la patria que debe defender parece tener mejores beneficios para quienes están arriba que para quienes están abajo.
Porque la tropa también es el pueblo.
Y aquí aparece una paradoja terrible: en una dictadura, el poder necesita que un hijo del pueblo dispare contra otro hijo del pueblo para conservarse.
La pregunta vuelve:
¿Qué lealtad debe prevalecer cuando la orden del poder y la defensa de la patria dejan de ser la misma cosa?
Ahora volvamos a México.
México no es Nicaragua.
México no vive hoy la realidad política nicaragüense.
Pero México tiene su propio vocabulario político: pueblo, esperanza, transformación, soberanía, conservadores, adversarios, patria.
Y aquí es donde debemos tener cuidado.
Las palabras no son propiedad de ningún partido.
La esperanza no pertenece a un gobierno.
El pueblo no pertenece a un movimiento.
La patria no pertenece a un presidente.
Y la soberanía de un pueblo no puede utilizarse para justificar que ese mismo pueblo pierda la posibilidad de decidir.
Por eso resulta tan interesante escuchar a la presidenta Claudia Sheinbaum defender, frente a la situación nicaragüense, el principio de autodeterminación.
Porque entonces surge otra pregunta incómoda:
¿Cómo puede autodeterminarse un pueblo al que se le impide elegir libremente entre alternativas?
No es una pregunta contra Nicaragua.
Tampoco es una acusación contra México.
Es una pregunta contra una idea mucho más peligrosa:
la idea de que el gobierno puede convertirse en sinónimo de la nación.
Porque ahí es donde las dos armas —las que disparan balas y las que disparan palabras— empiezan a parecerse.
Una puede obligarte a obedecer.
La otra puede intentar convencerte de que obedecer es patriotismo.
Y quizá por eso debemos escuchar con atención las palabras que utilizan quienes ejercen el poder.
Porque las dictaduras no siempre comienzan con una bala.
A veces comienzan mucho antes:
cuando alguien consigue que cuestionar al gobierno sea considerado traicionar a la patria.
La pregunta incómoda, entonces, no es solamente:
¿Traidor a quién?
Es:
¿A quién debemos nuestra lealtad cuando el poder pretende hablar en nombre de la patria?
La respuesta debería ser sencilla.
A la patria.
Nunca al hombre que temporalmente la gobierna.
Y tú:
¿A quién le eres leal?
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