La hora se acerca

Hay una verdad incómoda que como ciudadanos debemos comenzar a asumir: las decisiones políticas no terminan en una boleta electoral; llegan hasta la mesa de nuestra casa.

Cuando elegimos a quienes gobiernan, no estamos escogiendo simplemente colores, siglas o candidatos. Estamos tomando decisiones que pueden afectar la seguridad de nuestros hijos, el empleo, el poder adquisitivo de nuestra familia, los servicios públicos, la educación, la salud y el futuro que vamos a dejarles.

Por eso debemos dejar de preguntarnos: “¿De qué partido eres?” y empezar a preguntarnos: “¿Qué está pasando realmente con nuestro país?”

Morena y sus aliados no están por encima del escrutinio ciudadano. Si existen actos de corrupción, abusos de poder, opacidad, nepotismo, impunidad o decisiones que dañan las instituciones, debemos señalarlos sin importar quién los cometa. Ningún gobierno merece una carta blanca. Ningún político merece nuestra lealtad ciega.

Pero tampoco podemos caer en el error contrario.

Los partidos tradicionales también tuvieron su oportunidad. Gobernaron durante décadas y dejaron una larga lista de errores, abusos, corrupción y promesas incumplidas. No podemos pretender que simplemente cambiando de color se resuelvan los problemas de México.

Y aquí está nuestra responsabilidad.

No somos propiedad electoral de ningún partido.

No somos morenistas, panistas, priistas, perredistas ni ciudadanos de cualquier otra etiqueta antes que mexicanos. Somos padres, madres, hijos, trabajadores, empresarios, estudiantes, profesionistas y ciudadanos que tenemos algo mucho más importante que defender: nuestra familia y el futuro de quienes vienen detrás de nosotros.

Si un gobierno hace algo bien, reconozcámoslo.

Si hace algo mal, cuestionémoslo.

Si un político dice la verdad, escuchemos.

Si miente, denunciémoslo.

Si alguien roba desde el poder, que responda ante la justicia, independientemente del partido al que pertenezca.

Eso es ciudadanía. Lo demás es fanatismo.

Porque el fanático no analiza: justifica.

El fanático no cuestiona: defiende.

El fanático no necesita pruebas: necesita que su equipo gane.

Y México no necesita aficionados a la política. Necesita ciudadanos.

Tenemos que recuperar algo que hemos delegado irresponsablemente durante demasiado tiempo: nuestro criterio.

Investigar antes de compartir.

Leer antes de repetir.

Comparar antes de votar.

Preguntar antes de creer.

Y, sobre todo, tener el valor de reconocer cuando aquellos a quienes apoyamos están equivocados.

Nuestros hijos no van a vivir de nuestras excusas.

No podremos decirles: “Yo voté por ellos porque todos los demás eran peores.”

Tampoco podremos decir: “No sabía.”

La información está al alcance de nuestras manos. Tenemos la obligación de informarnos, de cuestionar y de participar.

Porque mientras nosotros discutimos por colores partidistas, los políticos siguen tomando decisiones que afectan nuestro dinero, nuestra seguridad y nuestras instituciones.

Es hora de dejar de entregarles nuestra conciencia a los partidos.

Los partidos deben competir por nuestra confianza, no poseerla.

Los gobernantes deben rendirnos cuentas, no exigirnos obediencia.

Y nosotros debemos entender que votar no es un acto de fe.

Es un acto de responsabilidad.

No se trata de elegir entre Morena y los partidos tradicionales como si México estuviera condenado a escoger eternamente entre dos males.

Se trata de exigir algo diferente.

Candidatos preparados.

Gobiernos honestos.

Instituciones fuertes.

Seguridad real.

Economía responsable.

Combate efectivo a la corrupción.

Transparencia.

Rendición de cuentas.

Y ciudadanos capaces de decir NO cuando ningún candidato representa lo que creemos que México necesita.

Quizá ha llegado el momento de entender que el verdadero cambio no puede depender únicamente de quién ocupa Palacio Nacional, un gobierno estatal o un ayuntamiento.

El cambio también depende de nosotros.

De nuestra participación.

De nuestra vigilancia.

De nuestra capacidad para organizarnos.

De nuestra disposición para exigir cuentas.

De nuestro valor para dejar de defender políticos como si fueran equipos de fútbol.

Nuestros hijos no heredarán nuestros partidos. Heredarán las consecuencias de nuestras decisiones.

Por eso, ciudadanos: despertemos.

Quitémonos las etiquetas.

Apaguemos por un momento la propaganda.

Dejemos a un lado el fanatismo.

Miremos los números.

Miremos la realidad.

Miremos la seguridad.

Miremos la economía.

Miremos nuestras instituciones.

Miremos lo que está sucediendo con la corrupción.

Y después de mirar todo eso, decidamos.

No por Morena.

No contra Morena.

No por el PRI.

No por el PAN.

No por ningún partido.

Por México. Por nuestra familia. Por nuestros hijos.

Porque los partidos ya tuvieron su oportunidad.

Ahora es tiempo de los ciudadanos.


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